Hubo un tiempo en que los veranos los pasaba junto mi familia en el camping de un pueblo costero del mediterráneo. Recuerdo el trayecto de hora y media en coche deseando llegar a la caravana y poder correr por la montaña que había al lado donde era común toparse con pequeñas garzas, deseando que fueran las cuatro de la tarde para zambullirme en la piscina con ese enorme tobogán, pero lo que más deseaba era la llegada del domingo, con las insufribles carreras de coches en la televisión, la imagen de mi padre haciendo la barbacoa mientras mi madre preparaba el ‘‘all-i-oli’’.
Mi hermano y yo solíamos jugar en una parcela próxima a la nuestra mientras esperábamos la llamada -¡Niños, a la mesa!-. Se podía escuchar el sonido de los coches, tan similar a las moscas en una noche de verano, los pájaros cantando mientras volaban de una morera a otra, y sobre todo, las risas y broncas tan típicas en toda familia que hacen de ella la compañía más grata.
Por desgracia, todos los momentos terminan; tendría aproximadamente doce años cuando esa paz veraniega finalizó para siempre, nunca más volvería a disfrutar de esos momentos tan insignificantes pero a su vez, tan magníficos. Las garzas no volverían a cantar para nosotros, y ese camping guardaría por siempre una de las épocas más felices de mi corta existencia.
Hoy, mi madre y yo hemos preparado una barbacoa casera mientras conversábamos de temas intrascendentes, pero estrechábamos pequeños lazos que se habían deteriorado en los últimos años. Mi hermano ha llegado a casa, con su típico comportamiento que deja ver la efervescencia de sus hormonas, y más tarde dos personas que actualmente forman parte de la familia de mi madre, a la cual pertenezco.
No se puede siquiera comparar con los recuerdos que guardo de tiempos pasados, pero la imagen de mi hermano y mi madre a mi lado, un pequeño mortero, la retrasmisión de una carrera de fórmula 1 y el olor característico de la carne hecha a la brasa me ha hecho revivir momentos que a día de hoy me provocan una gran nostalgia. Es difícil de expresar, pero entre la felicidad que me envolvía en esos momentos, se podía contemplar la tristeza de saber que esos tiempos de inocencia y alegría jamás volverían a formar parte de los domingos de verano.
Lamento no poder volver a esos tiempos, pero lo que realmente me hace sentir mal es creer que no los aproveche al máximo, tengo la inquietud de que no valoré suficiente esos veranos expuestos al sol, y que mi corta edad de entonces me impedía creer que esa felicidad podría terminar algún día. Pese a ello, me alegra creer que fueron momentos felices que tengo la suerte de guardar en mi memoria, y que gracias a ellos, la definición y los valores que aporta una familia no caerán en el olvido.
Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra. Sed fugit interea fugit irreparabile tempus.
Muy bueno y sobretodo hace recordar lo que cambian las cosas y que nosotros seguimos melancólicos aunque muchos quieran ocultarlo.
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